
Al observar la crisis de la industria musical en nuestro país, me asisten algunas dudas. Especialmente al tratar de entender cómo llegamos a este punto, en el que casi toda explicación suena a justificación... duele aceptarlo, pero confieso que cada día me asombra menos el pirata callejero y sí me resulta mas impropia la imagen, el recuerdo del piquete de artistas pisoteando copias, acarreados por los representantes locales de las multinacionales, esmerados en poner frente a las cámaras de los noticiarios un rostro más amable, más creíble, para sensibilizar o cautivar la adhesión de un público ya indiferente a sus amenazados intereses.
Presiento que en estos actos de impacto comunicacional muchos de nosotros no sólo pisoteamos discos si no algo de nuestra propia dignidad. Nunca resultò ser un buen aliado ese que te considera un igual sólo cuando hay que achicar agua, en plena tormenta.
Me inclino a pensar que la piratería, en el caso de la música, fue una consecuencia a tanto desacierto compartido en la llamada crisis de la industria discográfica, y no su principal causa como se nos quiere hacer creer. Con este argumento no pretendo buscarle un atenuante a este robo, casi siempre impune, y mucho menos avalar lo criminal de su acción, pero creo que a estas alturas del naufragio no podemos eludir la realidad... y es que en la historia de estas aguas no sólo han sido piratas esos que llevan un parche en el ojo, también lo han sido otros, sentados en sus amplios despachos.La industria del disco – los que fabrican – distribuyen – promueven y venden soportes, acostumbrada por décadas a desarrollar sin mayor sobresalto su rol intermediario entre músicos y consumidores, de pronto comprendió que era sobrepasada por la realidad, que en el ciberespacio millones de personas compartían y acuñaban archivos de canciones haciendo uso de novedosos formatos, que el tráfico digital de música ponía en jaque su posición de privilegio y, de paso, comprometía severamente los derechos de autores e interpretes cuyas obras ahora circulaban masivamente por la red.
Mientras esto ocurría, la oferta aventó esta pesadilla abarrotando vitrinas con aparatos que permitían copiar y almacenar música a domicilio, vendiendo millones de discos vírgenes... listos para ser copiados...
La cuneta, como parte de este drama, creo es sólo la penúltima estocada de un magnicidio ético y económico que sabiéndolo, o no, invocaron la propia industria discográfica, incluidas las cadenas de distribución, que con visión hegemónica y márgenes desproporcionados, considerando lo que perciben músicos o productores independientes , no sólo jibarizaron su propio ámbito de acción, si no que enseñaron a los propios músicos y al público en general que debíamos explorar caminos distintos para la comercialización de nuestros productos artísticos.
Hoy la industria sabe que el acceso y uso masivo de tecnologías cambió para siempre los hábitos de consumir música. Nosotros también lo aprendimos.
Seguro que esta verdadera revolución del como las personas se relacionan con nuestras obras ofrecerá nuevas oportunidades para los emprendedores, mientras aún resuene el estruendoso eco; el desplome de un modelo de negocios, de una industria que sucumbió cautiva del inmediatismo, encandilada por su adicción al lucro, presta a satisfacer las demandas de sus direcciones regionales y casi siempre huérfana de convicción y compromiso en su trabajo con el artista local, salvo honrosa excepción.
Por eso, las nuevas formas de consumo de música, y la copia ilegal, sólo prolongarán un tiempo más este vía crucis y serán la penúltima estocada a las Multinacionales del disco, tal como las conocimos hasta hoy, no la última, porque siempre será posible reinventarse, aunque expiar ese karma requiera una reencarnación, al menos.
Es lo que hay, lo que tenemos, y pisotear o llorar sobre las copias pirateadas no va ha cambiar nada. Nos falta mucho por aprender, primero, asumir esta realidad con otra disposición, sin lloriqueos. Internet es hoy la gran plaza donde concurren los nuevos consumidores de música y para la que debemos encontrar y proponer modalidades que garanticen condiciones de ecuanimidad tanto para los autores como para el público en la transferencia de obras.
Estoy convencido que las nuevas tecnologías y los nuevos formatos representan más una oportunidad que una amenaza para la música. Lo que hoy percibimos, lejos de ser una moda es sólo el ruido, el ajuste de placas de una descomunal fuerza o tendencia que llegó a nuestras vidas para quedarse y no entenderlo equivaldrá a ignorar que la Luna moviliza mareas.
Como músicos nuestra responsabilidad en la crisis ha sido asumir esta realidad un poco tarde, reaccionar cuando la caja de Pandora se encontraba abierta. No supimos leer las señales, los dramáticos cambios que incubaba esta época que llegó como telonera de lo impredecible, y en que la única constante pareciera ser el cambio y la incertidumbre; en medio de una sociedad hedonista, sobre estimulada y algo encandilada por la pirotecnia de algunos medios, una sociedad que habita en un mundo-escaparate, exuberante en ofertas, consumos impulsivos e insatisfacciones; donde todos sabemos….digo, casi todos, que una buena parte de la humanidad se queda fuera del festín, acumulando el estrés y la frustración que tarde o temprano el propio sistema no podrá contener.
....Más allá de esta visión personal, asumo que hoy no es fácil tener una lectura panorámica u objetiva de los acontecimientos, menos una visión prospectiva que permita intentar certezas.
El volumen y variedad de información disponible hacen que hoy percibamos el tiempo de otro modo; como si Dalí con sus relojes doblados nos hubiera advertido del vértigo, como una metáfora pensada para estos tiempos; “el futuro ya no es lo que solía ser....”.
Vuelvo al punto para dar un vistazo al entorno. En nuestro país la música de autores chilenos que difunden las radioemisoras apenas alcanza el 8 % y para completar el desolador paisaje, más del 50% de los discos que se comercializan, son productos piratas, situándonos en el ranking mundial del hurto entre los primeros treinta países más plagiadores del planeta. Esta es nuestra realidad, los datos duros.
Al observar el oscuro horizonte que hoy viven nuestros músicos entre la falta de producción, escasa difusión, la permisividad de la autoridad frente al desfalco pirata, también se nos agrega algo aún peor; un despropósito convertido en proyecto de ley, que por donde se le vea sólo intenta impedir que los autores y músicos puedan ejercer sus legítimos derechos.
No puede el Estado ni la sociedad chilena permitir se atropellen los derechos morales y/o patrimoniales de los autores chilenos como hoy acontece con la mal nombrada “Ley Antipiraterìa”, que surgió como una herramienta destinada para protegernos del flagelo pirata y que por intereses sectoriales, por la ignorancia de algunos y la indolencia de otros fue transformándose en un contemporáneo Caballo de Troya destinado a liquidar en Chile el derecho que los autores aun tenemos sobre nuestras obras, consagrado por ley y ejercido por más de setenta años en el país.
No es suficiente que el Estado reconozca los derechos que todo autor tiene sobre sus creaciones, si al mismo tiempo no garantiza o resguarda la aplicación efectiva de este principio. Toda creación artística puede constituir un legado y, como tal, sumarse a tantas otras expresiones que desde un tiempo y un lugar determinado sugieren los rasgos o referentes de la propia identidad; Y esto vale tanto para la música como para todas las expresiones creativas, Libros, Películas, obras teatrales, Pinturas, etc.
Recientemente, los autores chilenos hemos propuesto al Congreso Nacional se incorpore una excepción a nuestros derechos que permita legalmente la copia privada para uso personal de obras intelectuales, considerando un porcentaje mínimo aplicable a los soportes vírgenes destinado a restituir en parte las inestimables perdidas sufridas por los autores como resultado de esta práctica incontrolable ya convertida en hábito colectivo. Los autores deseamos se legisle sobre la copia privada, tal como sucede en países como España, Francia, Alemania.
Con relación a la situación de la música en la red, podemos observar que los nodos portadores dirigen sus esfuerzos a promover y tecnologizar el hábito, con cada bajada de canción, multiplicada exponencial, sideralmente, como un tragamonedas planetario que suma y suma cifras llenas de ceros, abultando aun más sus millonarias carteras, acrecentando, de paso, la concentración de poder económico en las corporaciones del primer mundo.
Por cierto, bajar música desde Internet no es gratis… eso hay que tenerlo presente. Al hacerlo de modo informal sólo enriquecemos a las grandes corporaciones y privamos de una justa retribución a los autores y músicos que con sus creaciones alimentan este descomunal negocio en la red.
Aun así, y es bueno precisarlo; El problema no es el medio…., si no su indiscriminado uso. El ciberespacio es el lugar por donde transitará el futuro de la música y por lo mismo debemos trabajar y hacernos cargo de esta realidad, mejorando nuestra condición en los ecosistemas de redes y en las nuevas tiendas virtuales que deben garantizar con equidad el libre acceso de los usuarios y los derechos de los músicos, todo esto en un ambiente más confiable y seguro.
Encontrar nuevos horizontes para la música en Chile demanda del empeño conjunto de muchos actores y una buena dosis de generosidad y creatividad de los medios y los propios artistas.
Para ello, es tiempo de promover formulas novedosas que estimulen la difusión y la sintonicen con la producción de cientos de jóvenes bandas y solistas, hoy invisibles al estamento mediático, y de fortalecer a los productores independientes. También debemos explorar y crear nuevas líneas de distribución, donde la intermediación del distribuidor no sea el eje que por precio entrabe la cadena, si no que sea un servicio o valor agregado de la propia actividad de los autores e interpretes.
El Sello Azul, poblado de bandas emergentes y de diversidad es el mejor ejemplo de que esto es posible. Con tres camadas que superan ya las cuarenta producciones, es hoy el sello de mayor producción nacional, chileno por cierto, y que ha nacido como un esfuerzo conjunto de los propios músicos y autores reunidos en la SCD.
Este es el tiempo de implementar alianzas cooperativas de distribución que sean alternativas a las tendencias monopólicas que predominan en nuestro mercado para poder salir del vicioso círculo que nos entrampa.
Un buen futuro para los músicos y la música en Chile reclama un replanteo total de la industria del rubro. Desarrollar las capacidades técnicas para poner a disposición todo el repertorio chileno en sitios seguros y confiables, para usuarios y artistas y en las distintas modalidades que el público desee usarlo; escuchar, ver, bajar, adquirir.
Debemos realizar acciones eficaces en pro de la difusión, buscando los recursos para que muchos pequeños productores y artistas con visiones diversas reconstruyan la dañada relación con los millones de personas que se relacionan a diario con la música.
Todo esto tendrá sentido en la medida que los músicos también seamos capaces de reinventar nuestro radio de acción, dando un paso adelante y dejando de ser espectadores en esta crisis, que sin duda es sólo uno de los síntomas palpables de esta verdadera revolución tecnológica y de hábitos que hoy vivimos, asumiendo personalmente las etapas siguientes al proceso creativo, recorriendo el camino de nuestras obras hasta encontrarnos cara a cara con el público. Para ello, es preciso que los músicos fortalezcamos las organizaciones autorales y de interpretes, lugar en que la alianza de nuestras visiones individuales representa la mayor fortaleza para enfrentar los desafíos futuros que nos presenta un mercado, por ahora, adverso y algo distante, especialmente para las agrupaciones emergentes.